Este 15 de septiembre pasó a la historia: fue el primer Grito encabezado por una mujer al mando de las Fuerzas Armadas y con el timón del país. Tuvieron que pasar 70 años desde que las mexicanas obtuvimos el derecho al voto para que, finalmente, una mujer diera el Grito desde Palacio Nacional.
Como mujer y como mexicana, no puedo dejar de reconocer la carga simbólica de este momento. Claudia Sheinbaum es el ejemplo vivo de lo que significa cargar con el género en la política: aunque la narrativa de que “llegó porque la puso un hombre” aún resuena, poco a poco pierde fuerza frente a sus decisiones, atinadas o no, que hablan por sí mismas. Nos habla de lo simbólico que es estar en posiciones de poder que nunca antes habían sido ocupadas por mujeres. Como las historias de las actuales mandatarias que han tenido el reto de ser las primeras en gobernar su Estado.
En México, las mujeres en el poder llevan siempre una doble carga. Se les cuestiona cómo o por qué llegaron: si fue por cuota, por capacidad o por algún otro motivo “ingenioso”. Preguntas que rara vez se hacen a los hombres.
Ser mujer en el poder, además de desventajas, también abre oportunidades distintas. La presidenta ha sido cuidadosa en su comunicación, disciplinada en la ejecución de estrategias y paciente en la construcción de acuerdos. Hoy gobierna con las y los gobernadores avanzando en temas clave como seguridad y salud, en lo que ellos mismos llaman “políticas de Estado”.
Sus verdaderos retos estarán en independizarse de la narrativa de la imposición de su antecesor y en conducir un proyecto de nación con, sin y a pesar de sus propios correligionarios de Morena. La pelea interna es, quizá, su mayor complejidad. Contra los ataques externos ha sabido responder apelando a la unidad nacional —como en el caso de los aranceles—, pero hacia dentro aún no tiene una narrativa clara.
Por ser mujer también asume desafíos distintos. Cuando en sus discursos asegura que “llegamos todAs”, me pregunto: ¿cómo conciliar esas palabras con el aumento de la violencia contra las mujeres? ¿Qué acciones ha emprendido para devolver la seguridad a las calles? Porque solo entonces, con seguridad e independencia, podremos decir que ese “llegamos todas” es más que un eslogan electoral.
El Grito de este año no fue solo un acto protocolario: fue un símbolo de independencia política, de liderazgo femenino y de un estilo de gobernar que todavía se está definiendo. La presidenta carga con pendientes heredados y con otros que se han generado en su propio partido, donde no todos han sabido gobernar bajo el lema de “no mentir, no robar y no engañar al pueblo”. El tiempo dirá si este primer Grito marca el inicio de la emancipación de Claudia frente a las sombras de su movimiento o si quedará solo en la promesa de una sororidad aún incumplida.