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Aguascalientes

«¿Los niños de nadie? La violencia infantil en México»

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La infancia, según la UNICEF, se define como “la época en la que los niños y niñas tienen que estar en la escuela, en los lugares de recreo, en un espacio donde puedan crecer fuertes y seguros de sí mismos, recibir el amor y el estímulo de sus familias y de una comunidad amplia de adultos. Es una etapa en la que los niños y las niñas deben vivir sin miedo, seguros frente a la violencia, protegidos contra los malos tratos y la explotación. 

Como tal, la infancia significa mucho más que el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la edad adulta. Se refiere al estado y la condición de la vida de un niño, a la calidad de esos años”. Agrego la definición completa porque me parece adecuada y precisa, pero, ahora reflexionemos un poco sobre ella, ¿la infancia en México y en Aguascalientes cumple con estas características?

De acuerdo con la Encuesta Intercensal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 32.8% de la población en nuestro país son niños, niñas y adolescentes de 0 a 17 años y según las proyecciones demográficas del Consejo Nacional de Población (Conapo) para el 2021, la población de este rango continuará en incremento. Estas cifras invitan a pensar en que la población infantil merece y necesita mejores estrategias para garantizar su calidad de vida.

Este año nos enfrentamos a varias desgracias, pero no ha sido solamente la pandemia el mal que nos aqueja, desde tiempo atrás arrastramos una problemática más fuerte: la violencia física, sexual y psicológica hacia nuestros niños. 

Tres casos han conmocionado a la población este año. El primero, el suicidio de un menor de apenas 11 años en la comunidad de Calvillito; otro, cuando la pequeña Montserrat de 5 años fue reportada como desaparecida y posteriormente encontrada sin vida en una planta tratadora de agua. La resolución de la fiscalía: muerte accidental. El último caso, y posiblemente uno de los más inhumanos, la muerte de una bebé que fue mutilada y arrojada en una bolsa de plástico de un vehículo en movimiento. 

¿Qué es lo que sucede con la sociedad?, ¿acaso no se organizan protestas y marchas para proteger la vida?, ¿el colectivo ya está habituado cada vez más a la violencia?, ¿ahora el maltrato a los menores está igualmente normalizado?, y lo más intrigante, ¿por qué no vemos resultados con los programas y políticas públicas existentes?

Algunos datos que avalan la falta de interés en la niñez en nuestro país son los siguientes:

Según el INEGI, 35.8% de los niños y niñas de 3 a 5 años no asiste a la escuela; en 2015, 5.9 millones no tenía acceso a servicios de salud; 6.6 millones de niñas de entre 12 a 17 años de edad ya estaban casadas o unidas; mientras que la Encuesta de Cohesión Social para la Prevención de la Violencia y Delincuencia en 2014 indica que 4 de cada 10 menores de 12 a 17 años han sido víctimas de delito o maltrato. 

Por otro lado, según información del Instituto Nacional de Pediatría, la violencia a los menores tiene su origen un 30% en factores biológicos y genéticos y el 70% se debe a factores sociales.

Actualmente contamos con un marco de ley, instituciones que ya se especializan en el tema, y autoridades federales, estatales y municipales para velar por los derechos de las niñas, niños y adolescentes. Entonces, ¿qué falta? 

Permítame comentarlo; lo que falta es que se le dé prioridad a la protección a la infancia y a la adolescencia. Que se destine más recurso y mayor interés a la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), tanto a nivel nacional como estatal, así como a su consejo en el municipio de Aguascalientes para atender casos de emergencia, acercarse para asesorar a las familias en condiciones de necesidad, y por supuesto, aportar más presupuesto y esfuerzo al tema de la prevención y la educación humanista especializada en la enseñanza de los derechos humanos.

Por supuesto se hacen intentos, se ofrece asesoría jurídica, apoyo psicológico, se “promueve” la denuncia, pero en realidad, si el menor o su familia no cuentan con las herramientas ni la educación necesaria para identificar el peligro, el abuso y la violación de sus derechos, es muy difícil que la situación actual cambie. 

La violencia intrafamiliar es violencia hacia los menores y desencadena una serie de riesgos para ellos, que lamentablemente no se identifican a corto plazo.

En abril del 2018, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, firmó un compromiso con la UNICEF para apoyar a la niñez, el cual incluye fortalecer al SIPINNA, garantizar la salud y protección de menores ante cualquier forma de violencia, educación de calidad, protección a las mujeres embarazadas y a grupos excluidos o rezagados.

¿Dónde está el resultado de esa labor? No ha habido resultados efectivos contra esta problemática ni en este gobierno federal, ni en sexenios anteriores, (porque esto no es de partidos, de colores o de ideologías). Los casos de violencia a menores continúan y como sociedad tampoco aportamos mucho para detenerlos.

Como ciudadanos podemos participar e incidir en las políticas públicas, pero también debemos escuchar a los niños, niñas y adolescentes, comprender que los menores no son propiedad de los adultos, fomentar los deportes, paseos y convivencia familiar, más allá del celular y los aparatos tecnológicos, y por supuesto, proteger a los menores en situaciones de violencia, resguardarlos y educarlos en ambientes saludables.

¿Y entonces, a qué estamos obligados como sociedad? 

Protegemos, escuchamos y exigimos seguridad y respeto para los niños, niñas y adolescentes, porque no basta con indignarse en redes, hace falta acción, cambiar poco a poco las relaciones interpersonales, anteponer el bienestar de los menores al nuestro, exponer y luchar contra la injusticia y la falta de atención de los gobiernos hacia los niños y niñas. 

Un cambio social antes de uno político, de lo contrario, seguiremos lamentando y permitiendo más casos como el de la pequeña arrojada de un vehículo, del niño de 11 años que decidió terminar con sus sueños o como el de Montserrat que deambulaba en abandono sin saber que tomaría un último respiro de vida.

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