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hace 5 años,el
Existen muchos mitos de la historia mexicana que como parte de la cultura popular damos por hecho y no investigamos a profundidad o al menos consultamos más de una fuente. Por lo regular nos quedamos con lo que nos platican nuestros amigos o nuestros familiares respecto de aquellas impresionantes leyendas.
“La Malinche”, traidora de su patria; la supuesta venta de “Texas” y de los demás territorios mexicanos a Estados Unidos por Santa Ana, la madre Conchita y Álvaro Obregón; y Clipperton, la Isla de la Pasión; son algunos de los mitos más significativos que, en lo personal, han marcado el imaginario colectivo mexicano y que han trazado una línea discursiva en la población cuando queremos referirnos a lo mexicano.
Uno de los más importantes y más arraigados mitos es aquel relacionado con el 41. La mayoría de nosotros conocemos el tragicómico papel del número en la cultura popular mexicana. Los hombres que llegan a esa edad tienen dos opciones: optar por la homosexualidad caricaturizada o mantenerse estoicamente heterosexuales. Resulta muy interesante lo arraigado del argumento “eleccionista” que insiste en que la orientación sexual es una cuestión de elección o preferencia personal y no una condición natural del ser humano, pero ese es otro debate que muy probablemente tenga desenlace pronto.
Este fenómeno popular ha permeado tanto en la sociedad mexicana que, en palabras de Francisco L. Urquizo, general del ejercito mexicano y prolífico escritor del periodo revolucionario (…) la influencia de esa tradición es tal que hasta en lo oficial se pasa por alto el número 41. No hay en el ejército división, regimiento o batallón que lleve el número 41. No hay nómina que tenga renglón 41. No hay en las nomenclaturas municipales casas que ostenten el número 41. No hay cuarto de hotel o de sanatorio que tenga el número 41.
Hasta hace no mucho tiempo desconocíamos la “verdad” detrás del mito. Entrecomillo la palabra pues conocemos muy poco respecto del episodio en sí, pues la prensa, sesgada por los prejuicios y la moral de la época, se limitó a burlarse de aquellos hombres ataviados con elegantísimos vestidos de época, completamente emperifollados con las joyas de sus esposas o de sus adineradas familias y que fueron descubiertos en medio de una fiesta a las tres de la mañana en la calle de la Paz de la colonia Tabacalera de la Capital de la República. No existente fieles testimoniales ni ningún otro texto que nos pueda servir para desentrañar tamaño episodio de la cultura popular.
Afortunadamente Carlos Monsiváis, en una de sus copiosas crónicas, nos regalo un análisis de todo el fenómeno homosexual de finales del siglo XIX y principios del XX. En “Los 41 y la gran redada” (Letras Libres, 2002), Monsi nos acompaña de la mano en el mundo de los “sodomitas” “afeminados” y “maricones”; y a través de la prensa contemporánea del “Yerno de su suegro”, revive aquel baile de la noche y desenmascara a la sociedad mexicana que sigue pecando de lo mismo; de curiosa, doble moralina e intolerante.
Es obligado mencionar a don Ignacio de la Torre y Mier, yerno del Porfirio Díaz y esposo de su hija mayor, Amada Díaz. Su fama trascendía al prestigio familiar, pues eran bien conocidas sus aventuras con jóvenes varones de sociedad e incluso, y es otro de los mitos recientes, se le relaciona directamente con el que fue caballerango suyo en su hacienda de Morelos; Emiliano Zapata. Vaya casualidad.
Existe muy poco material en la literatura mexicana respecto de este episodio. La novela “Los cuarenta y uno: novela crítico-social” de Eduardo A. Castrejón es más un panfleto ideológico que un trabajo con algún valor literario. Desde el principio de la obra no deja de denostar y caricaturizar a las personas homosexuales utilizando todo tipo de epítetos como “afeminado” “prostituido” “hembras vanidosas”, entre otros motes degradantes y ofensivos. Este escrito, propagandista y moralizante, carece de valor literario per se pues leerlo se vuelve tedioso, soso y aburrido. El desarrollo de los personajes es muy pobre y un sinfín de etcéteras.
El tema de hoy se ha vuelto particularmente popular debido a una película que se estreno en Netflix el pasado 12 de mayo de 2021. El baile de los 41 (2020) es un filme que intenta retratar este episodio de la historia popular mexicana ocurrido en los albores del siglo XX. La película se centra en la relación sentimental y sexual que sostiene Ignacio de la Torre y Mier, yerno de Porfirio Díaz, con un joven trabajador de la Cámara de Diputados de una buena familia provinciana. La película es buena y busca reivindicar a los personajes, pero se queda corta. Podría llamarla una tragicomedia; como todo el episodio en sí.
En el arte plástico es obligado mencionar el trabajo que realizó en su tiempo el gran maestro del grabado mexicano, José Guadalupe Posada, que datan de la época y reflejan precisamente el desprecio de la sociedad mexicana por los “señoritingos” de sociedad.
¿Qué pasó con los cuarenta y uno en realidad? Unos fueron exiliados al extranjero por sus propias familias y otros, con menor suerte, fueron llevados a servir al ejercito federal durante la Guerra de Castas en la Península de Yucatán. Después de ahí, el silencio.
Tenemos que analizar la historia desde dos ópticas, la propia y la de su tiempo. Ejercicio dialéctico obligado si se quieren comprender los fenómenos históricos de manera integral. Desafortunadamente, como mencioné antes, no existen muchos documentos que nos den luz respecto del tema, sino la tradición oral que se desvanece en el viento cada que se exhala una palabra.
Hoy vivimos en un mundo en constante cambio y que va domesticando poco a poco los impulsos destructivos de los seres humanos. En México, después de 117 años el ejercito mexicano estableció el 41 batallón de infantería durante el sexenio de Enrique Peña Nieto. Poco a poco se van rompiendo los prejuicios y la propia intolerancia. Debemos reconocer en los 41 las ganas de vivir su vida sin anclas de ninguna clase y sin temor. Lo hicieron y pagaron las consecuencias de la época. Nadie merece esconderse para poder vivir ni para ser. Nunca más discriminación, nunca más odio y nunca más miedo.