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OPINIÓN

Cuando alguien lea esto, yo ya no estaré viva

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Más allá de las cifras estadísticas, los estudios comparativos, las opiniones de expertos o esa típica reacción de consternación que nos haga parecer personas comprometidas con nuestra realidad social. El asunto del suicidio es un tema por demás sensible. Sus causas son muy variadas y el tema merece algo más que números, discusiones en mesas que no llevan a nada y propuestas efímeras para cumplir con la comisión.


Hay que decirlo, cada año, los casos de personas que atentan contra su vida van en aumento. Las personas por alguna razón no encuentran la salida al problema que los aqueja y se dice que cada individuo quiere huir de lo que le está doliendo. Entre 2010 y 2021 se han acumulado, desafortunadamente más de mil 500 suicidios en nuestro estado y los intentos no consumados multiplican la cifra. Se dice que alrededor del 48% de la población ha pensado en algún momento en el suicidio como una solución a sus problemas.


Sabemos que quienes deciden quitarse la vida son personas cada una, con sus propias circunstancias de vida, con lo bueno y lo malo, todos tenemos nuestras complicaciones y por ello insisto no podemos, no debemos, clasificarlos tan sólo como un número y seguir contándolos sin realmente hacer un alto para tratar de encontrar socialmente una solución a este problema. El suicidio es la segunda causa de muerte en nuestro país después de los problemas cardiovasculares.


Hace tiempo recibí una llamada telefónica, su voz se escuchaba quebrada e indescriptiblemente triste. Me dijo que buscaba la manera de quitarse la vida, comentó que estaba harta de sus problemas pero sobre todo que estaba cansada de la vida que llevaba.


Esa persona de la que hablo, a simple vista era una chica normal, si bien no vivía con lujo, si tenía lo necesario para salir adelante, solo faltaba que ella misma así lo deseara. Pero de un tiempo para acá, una combinación indescifrable de problemas le colmaron sus pensamientos sin otorgarle una salida.


Mientras me llamaba me dijo: “Me siento sola… Hay mucha gente a mi alrededor, pero nadie está conmigo y ya me cansé…”.
¡Voy para allá! Le dije, mientras me apuraba. Tomé las llaves del carro y salí de prisa.
En el trayecto mientras conducía, no dejamos de hablar por teléfono. A un par de cuadras de su casa la distancia me pareció más larga, sobre todo a partir del momento en que el teléfono comenzó a indicarme batería baja.
Los medios de comunicación anuncian continuamente suicidios; las edades son variadas, las circunstancias muchas y la manera de consumarlos depende que cada persona. En realidad, hemos aprendido a “convivir” con esta información, pero déjenme decirles que es muy distinto cuando tienes ante ti un caso como este, la angustia es invasiva y asfixiante. La desesperación es paralizante.


“Pensé en hacerlo con una navaja o colgándome… pensé en muchas cosas…”, me decía, cuando por fin llegué a su casa.
“Los problemas en la familia son grandes, desde que murió mamá nada ha si sencillo. Los compañeros de la escuela, el trabajo, todo me agobia…” Me lo comentaba y a los dos nos brotaban lágrimas desde lo profundo del alma.


A ella le quedaba claro que el problema era insostenible y la manera de liberarse era dejando de luchar contra eso. Ya no quería sufrir.


Hablamos durante un largo rato. La convencí de salir a caminar y compramos un helado. Ella me mostró el recado que había escrito, el cual comenzaba diciendo: “Cuando alguien lea esto, yo ya no estaré viva”.
Afortunadamente su indecisión le dio una segunda oportunidad. Lo que comenzó con una llamada de despedida, se convirtió en una noche para hablar de todo, llorar, desahogarnos y lograr serenarnos.
Me queda claro que los boletines oficiales con enunciados esperanzadores no incrementan la sensación de bienestar en las personas, mucho menos la satisfacción ni la felicidad. Los que se dice desde las instituciones no logra que las personas dejen de pensar en el suicidio como una opción.


Vivimos una época vertiginosa en la que no nos detenemos un instante para tomar un respiro y analizar lo que tenemos, sea bueno o malo, al parecer actuamos en automático. Los problemas diarios para algunos son parte de la vida mientras que, para otros resulta una barrera infranqueable, lo cual genera mucho estrés, temor y ansiedad.


Imagina buscar una solución y no encontrarla; darle vueltas a un problema y quedarse atrapado en un laberinto sin salida y rodeado de los peores demonios. Por más fuerte que te crees, sucumbes ante la idea de que no hay otra opción. La tristeza es profunda, la desesperación es grande, el dolor es interminable y tu solo buscas que eso acabe.


En mi caso, sobre lo que les cuento, se dio una oportunidad más para seguir luchando. Acérquense a las personas, abrácenlas, díganles que las quieren y muéstrenles que siempre hay opciones. Hace falta cercanía, cariño… A veces las personas solo requieren ser escuchadas, regalemos ese momento, unos minutos puedes hacer una gran diferencia. Podemos seguir sonriendo.

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